Discurso de Fabrizio Hochschild - Conmemoración de los 45 años de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc)

08-jul-2015

Hay algo muy importante en la historia de Colombia. Algo muy grande, muy inspirador para todo el mundo pero que, al mismo tiempo, se promulga poco a nivel nacional y que, a veces, hasta se oscurece o niega.

En contraste, la violencia relacionada con el narcotráfico y el conflicto armado en Colombia es bien conocida. Conocida por sus hechos inhumanos de crueldad extrema. Las masacres y ejecuciones extra judiciales de las personas más pobres y desamparadas. Un record siniestro de secuestros y de desapariciones; de reclutamiento de niños y de descuartizamientos en casas de pique.

Estos hechos y sus perpetradores son sujetos de muchos debates, de muchos libros, de muchas telenovelas. Son la fascinación cotidiana de los medios de comunicación.

Lo que no se conoce o celebra suficientemente, séase a nivel nacional o internacional, son los múltiples actos de heroísmo de actores de la sociedad civil en resistencia a la violencia. En resistencia a la lógica de la guerra, del odio, de la estigmatización y de la deshumanización. Los múltiples esfuerzos de la sociedad civil en medio del conflicto y de la violencia de promover la paz, de proteger un espacio democrático.

Los nombres de los grandes capos de la droga, de los frentes paramilitares, de los comandantes guerrilleros son bien conocidos. Mucho menos conocidos son los nombres de las múltiples organizaciones, comunidades e individuos que, durante los peores años de la violencia y del conflicto armado, mantuvieron heroicamente viva la llama del respeto a los valores democráticos y a los derechos humanos. Y que además lo hicieron sufriendo ellos mismos estigmatización, persecución, ataques e intentos de erradicarlos.

Hoy, gracias a la expedición y puesta en marcha de la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, esto está empezando a cambiar. A través de procesos de reparación colectiva como el que celebramos hoy, la legitimidad y la labor de miles de estas organizaciones empiezan por fin a ser reconocidos.

Una de estas asociaciones es la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia-ANUC. Sus miembros han mantenido vivo, en medio de la violencia, el clamor por la equidad social, los derechos humanos y la democracia.

Dado la magnitud de la victimización en Colombia los procesos de reparación colectiva en marcha son pocos, pero son un buen comienzo, un esfuerzo del Estado que debemos aplaudir y apoyar.

Y es apropiado que uno de los primeros casos de reparación colectiva llevado a cabo por la Unidad de Víctimas, con el apoyo del PNUD, sea precisamente el de la ANUC.

Porque si hay algo que ha nutrido el conflicto colombiano. Si hay algo que ha nutrido la violencia, la desconfianza, la división. Es la inequidad. Es el olvido del campo. Es la estigmatización de un sector del campesinado. Realidades que, lamentablemente, continúan vigentes hasta el día de hoy.

Este mismo campesinado, olvidado y estigmatizado, es el campesinado cuyos intereses y derechos la ANUC ha defendido con coraje y valentía desde hace ahora 45 años.

Por eso es muy importante reconocer hoy, en esta fecha simbólica, la violencia, los abusos y violaciones de derechos humanos. Desde señalamientos y estigmatizaciones hasta el homicidio y el desplazamiento forzado. De los cuales los líderes y afiliados de la ANUC han sido objeto en su larga lucha por los derechos de los campesinos colombianos.

Es importante porque el reconocimiento constituye un paso clave en los esfuerzos de dignificar a las víctimas y de asegurar la no repetición y la reconciliación: los fines últimos de la justicia transicional. La no repetición y la reconciliación son también los dos ingredientes críticos para el fundamento de una sociedad que puede vivir en paz.

La no repetición difícilmente se consigue sin una amplio reconocimiento de los crímenes cometidos, por eso la importancia de lo que se acordó el 4 de junio en La Habana en materia de una comisión de la verdad.

¿Por qué este reconocimiento es fundamental para asegurar la no repetición?

La historia de nuestro continente nos enseña por qué. Durante los años setenta y ochenta América Latina fue el escenario de crímenes atroces contra activistas sociales, defensores de derechos humanos, líderes comunitarios, campesinos, estudiantes, y en general contra todo aquel que pudiera considerarse un peligro para el orden establecido.

Tristemente, el régimen militar en Chile, el país de mi padre, fue uno de los peores ejemplos. Ejemplo que me tocó ver de primera mano cómo adolescente y luego como joven adulto.

Los crímenes se cometieron en nombre de la seguridad nacional y la defensa de la democracia contra el comunismo. Fueron justificados como “males necesarios”, como producto inevitable de una guerra ideológica legitima y noble.

Bajo esta lógica, la responsabilidad de la violencia recaía en las víctimas a quienes se deslegitimaba y deshumanizaba para justificar la violencia en su contra.

De igual forma, cuando hoy en día se minimizan o se excusan atentados como los que están sufriendo las comunidades en Tumaco. Comunidades principalmente rurales y  campesinas.  Presentando estas tragedias como daños colaterales en el marco de una guerra justa, sucede algo similar: se justifican hechos atroces en nombre de una u otra ideología.

Mientras persista esta idea de que la violencia contra el uno o el otro es excusable en nombre de una ideología política, de una causa superior, el producto inevitable de una guerra justa, no será posible poner fin a la guerra y a la victimización.

De allí la importancia de reconocer plenamente los abusos cometidos. De desarmar los discursos legitimadores de la violencia. No se puede poner fin a unos hechos si no se reconoce que fue un grave error haberlos llevado a cabo.

Las víctimas, sean estas individuales o colectivas, también necesitan este reconocimiento. Lo necesitan para recuperar su legitimidad y dignidad. Y lo necesitan también por que hasta hoy muchas víctimas  siguen siendo señaladas, discriminadas e incluso atacadas.

La historia de Nilson Antonio Liz Marín, uno de los líderes del proceso de reparación colectiva de la ANUC, es un recordatorio de esta realidad. Nilson Antonio fue una de las 60 víctimas que viajó a La Habana para contribuir al proceso de paz. Pocas semanas después de regresar de La Habana, su hijo de 17 años fue asesinado en el Cauca.

En Colombia, los actores sociales, los activistas y campesinos siguen siendo objeto de amenazas y atentados. Siguen siendo estigmatizados por sectores que desconocen la legitimidad de su lucha democrática.

Por esto, el reconocimiento, tanto del Estado como de la sociedad, es tan importante.Aún más importante es el reconocimiento de la responsabilidad de los actores que dieron lugar a los abusos y a las violaciones de derechos humanos, en este caso a los derechos de los campesinos.

Esta es una responsabilidad que cobija no sólo a los perpetradores directos de los hechos violentos, sino también a los actores intelectuales. A quienes fueron cómplices o facilitaron la comisión de estos hechos. Y a quienes no hicieron nada para detenerlos; especialmente a aquellos que tenían el deber de proteger a la población sin distinciones ideológicas y no lo hicieron.

Colombia está en deuda de reconocer la importancia de la población campesina en el país. La inclusión de la ANUC en el Registro Único de Víctimas y su reconocimiento como sujeto de reparación colectiva es un primer paso para ello.

Trabajar juntos para hacer realidad el Plan de Reparación Colectiva es un comienzo en reconocer la historia y tratar de escribir un nuevo capítulo en el cual el movimiento asociativo campesino pueda ser punta de lanza en la promoción de los derechos humanos y la construcción de la paz.

En este camino, la resolución del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre los derechos de los campesinos y de otras personas que trabajan en las zonas rurales del 2014 puede servir de herramienta para la construcción de consensos, de confianza y de colaboración.

Como PNUD y Naciones Unidas, nos sentimos muy privilegiados de poder presenciar los logros del día de hoy. El hecho de que el Estado colombiano haya empezado a reparar en medio de la confrontación armada es ejemplar y trae consigo una promesa de paz y de un futuro mejor.

Una promesa que, estamos seguros, Colombia va a alcanzar.

Muchas gracias

Fabrizio Hochschild, coordinador residente y humanitario de las Naciones Unidas en Colombia.

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