Huertas familiares contra el cambio climático

“Tengo guayaba, limón, naranjo, mandarina, coco, maracuyá, ají, berenjena, yuca, ñame, arroz. Todos los años por diciembre vendo la yuca, que ahora está delgadita, pero en Navidad ya está buena”, dice Doña Zoila Guerra, de pelo recio, cano y piel ajada por el sol. A sus 57 años, presume de su huerta, mientras revisa el cilantro que tiene plantado en la parte trasera de su vivienda ubicada en la comunidad de Cuenca en San Marcos, Sucre.

En el 2010 cuando la comunidad quedó sumergida en la última y gran inundación, ésta trajo algo más que agua; con ella vino también el mercurio procedente de la minería ilegal. Cuando el nivel de agua bajó, el metal se quedó en las raíces de los árboles y de los manglares, que fueron muriendo y con ellos los peces de la ciénaga.

Para enfrentar esta situación, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Territorial y el PNUD están ejecutando el Proyecto “Reducción del riesgo y de la vulnerabilidad frente al cambio climático en la región de La Depresión Momposina”, que busca proteger a las comunidades y los ecosistemas de los riesgos causados por las inundaciones y sequias asociados con el cambio y variabilidad climática.

Una de las estrategias usadas con las comunidades locales en los municipios de Ayapel, San Marcos y San Benito Abad es la introducción de prácticas agroecológicas resilientes al cambio climático. “Las familias tienen patios grandes en sus casitas, pero veíamos que compraban la verdura en la tienda. Antes se sembraban maticas, sí, pero no pegaban y se morían. Se morían por la contaminación o porque no teníamos el conocimiento de cómo hacerlo”, explica Mari Cruz Ribera, una de los 115 promotores rurales formados por el proyecto.

Aspectos destacados

  • 1800 familias cuentan con prácticas agroecológicas resilientes al cambio climático.
  • Instituciones y organizaciones a nivel nacional, regional y local fortalecen sus capacidades para implementar las medidas programadas de adaptación al cambio climático.
  • Se ha recuperado la capacidad de regulación y amortiguación de los humedales con uso múltiple del paisaje, reduciendo la vulnerabilidad de las comunidades locales frente a los impactos del cambio climático.

“Pero ya con el proyecto sabemos cómo cultivar las huertas, como evitar las inundaciones y como sacar provecho de nuestra tierrita para no tener que comprar la verdura y cultivarla nosotros mismos”, dice Ribera mientras camina hacia el arrozal que Doña Zoila tiene unos metros más allá de su finca, que hace parte de las 800 Ha de arroz criollo establecidas. “Arroz de semilla criolla que es la única que filtra el mercurio dejándolo en la chascara del grano”, añade Mari Cruz.

Las 1.300 huertas domésticas apoyadas por el proyecto, son de algún modo, huertas móviles. Pequeños cultivos de berenjena, por ejemplo, comparten espacios con lo que llaman “chocoritos”. Canecas, materas o medias botellas plásticas que se han rellenado de tierra y en las que se plantan los brotes más livianos como el cilantro, “si viene la creciente trasladamos los chocoritos para otra parte. Así también reciclamos el plástico”, apunta la joven promotora.

Otro método relativamente sencillo para evitar las inundaciones es plantar las verduras más pequeñas en “riatas”, una especie de matera cilíndrica, hecha a partir del tronco de un árbol, que se pone sobre dos soportes a metro y medio del suelo.
“También aterramos los cultivos. Es decir, elevamos la zona cultivable para que no se inunde. O hacemos huertos circulares. Cavamos canalizaciones en forma de anillos de modo que la parte cultivable quede en el centro, elevada y protegida del agua. De ese modo, la tierra conserva la humedad en la época seca”, explica Mari Cruz Ribera.
El proyecto propone eliminar el uso de químicos en estos huertos, por ello los insecticidas son naturales, “biopreparados”, como dice Ribera, a base de matarratón, ajo y cenizas, para “no contaminar la tierra”.

Todo es artesanal, como los sistemas de riego, que son tan sencillos como una botella cuyo tapón tiene un pequeño orificio por el que va goteando día tras días agua para mantener las raíces de los árboles húmedas en la época seca.
También a partir de este proyecto se ha aprendido a medir el nivel del agua de la ciénaga que baña la comunidad. Para saber cuándo el agua va de crecida y mover los “chocoritos” a otro lugar o de bajada y empezar a filtrar y acumular agua para el riego en los tanques que les ha proporcionado el proyecto.

Estas comunidades saben, incluso, cómo evitar la ingesta de cantidades nocivas de mercurio. “El pescado, mejor consumirlo cocido que frito para no potenciar el mercurio. Si el pez es pequeño, mejor que grande, pues tendrá menos metal”, explica Mari Cruz, quién ahora sabe cómo enfrentar el cambio climático, desde pequeñas acciones en casa hasta la protección de los humedales, que marcan el ritmo de vida de las comunidades de la Mojana.

Ver la historia en Medium